La Banalidad de la Maldad.
Citando “Siempre
he creído que, sin importar cuán abstractas puedan sonar nuestras teorías o
cuán consistentes puedan parecer nuestros argumentos, hay incidentes e
historias detrás que, al menos para nosotros, contienen en dos palabras el
significado completo de lo que sea que tengamos que decir. El pensamiento
mismo… surge de la actualidad de los incidentes, y los incidentes de la
experiencia vivida deben permanecer como puntos guía de los cuales este toma su
orientación, si es que no quiere perderse a sí mismo en las alturas a las
cuales el pensamiento se eleva, o en las profundidades a las que debe
descender.
Hannah Arendt, 1962
En 1945, había dicho ya que “el problema del mal será la cuestión
fundamental de la vida intelectual”, no todos tuvieron esa visión del problema
del mal, tendríamos que preguntarnos si sus reflexiones sobre el mal son
todavía relevantes para nuestros intentos de comprender un mundo actual. Un
mundo donde ya no vivimos el tipo de totalitarismo que Arendt
experimentó. Pero las reflexiones de Arendt sobre el mal sí tienen una
relevancia hoy en día.
Richard
Bernstein se concentró en tres asuntos: en primer lugar, la advertencia que
hace Arendt acerca de la introducción de absolutos (bien y mal) en la política,
luego su comprensión del mal radical (hacer a los seres humanos superfluos en
tanto seres humanos) y finalmente como reflexión sobre la banalidad del mal nos
ayuda a entender el mal y la responsabilidad en un mundo burocrático
globalizado.
Estas
reflexiones, hacen mención a la potencialidad humana, la cual tiene el patrón de
la espontaneidad, natalidad y pluralidad, lo cual funciona para juzgar la
política existente y su radical del mal. El mal ha probado ser más radical que lo esperado,
los crímenes modernos que los humanos pueden hacer surgen del vicio del egoísmo,
llegando a caer en lo rutinario, viendo por lo suyo, siendo un punto central de
todo político, lo cual debe conducir a un cambio de actitud, con el fin de no
usar a los seres humanos como medios
para un fin, lo que deje su esencia como humanos, e intacta su dignidad humana.
En estos modelos de tres etapas, en primera instancia la dominación total es dejar nulo a la
persona jurídica en el hombre de sus derechos, por medio de un sistema
arbitrario sin derechos civiles de toda la población, la destrucción de los
derechos del hombre y de su persona
jurídica, es la forma de dominarlo completamente. Arendt menciona que al
emerger las masas de refugiados era uno de los problema del siglo XX más
difíciles de manejar (ejemplo tanto en América del Norte y de África a Europa),
y se está volviendo igual de difícil en el siglo XXI. Esta creación recurrente
de masas de refugiados y apátridas despersonificados está en el corazón de la
aguda crítica de Arendt a apelaciones a los abstractos.
El
segundo es la nulidad de la persona moral en el hombre, cuando este se enfrenta
a la alternativa de traicionar y asesinar, aun a sus propios consanguíneos. El
tercero es la ruta a la dominación total, el cual se refiere a la aniquilación
de la persona jurídica, la destrucción de la individualidad, que destruye la espontaneidad,
la capacidad humana de empezar algo nuevo a partir de sus recursos propios.
Viéndolo
desde un punto de vista particular, en nuestro país, el bien y el mal ha sido
usado como arma política, como parte de un uso entre los que quiere detenta
intereses particulares, para demeritar una acción, una propuesta, o para
acallar o desacreditar, esto sofoca el pensamiento crítico, el uso entre líderes
políticos corrompe la política.
El
objetivo del totalitarismo es el intento deliberado de hacer a los seres
humanos superfluos, con miras a eliminar su humanidad, destruir su pluralidad e
individualidad, destruir la humanidad de las personas. La banalidad del mal
tiene un poder de conmoción que nos insta a detenernos, Arendt estaba
convencida de que con el evento del totalitarismo hubo un quiebre radical en la
tradición, las personas normales en su vida diaria, los ciudadanos decentes,
incluso líderes políticos respetables, que están convencidos de la rectitud de
su causa, pueden cometer actos monstruosos, pero Arendt enfatiza “ esto no mitiga la culpabilidad y
responsabilidad de quienes comenten el acto, deben dar cuenta de ellos.
Debemos aprender a apartarnos de las dicotomías simplificadoras en
las que se asume falsamente que si negamos que alguien tenga intenciones malas
deliberadas, estamos afirmando su inocencia. Debemos aprender a comprender cómo
alguien puede no tener malas intenciones y ser “aterradoramente normal”, y al
mismo tiempo ser responsable y punible por sus actos. Debemos aprender a pensar
sin pasamanos (Denken ohne Geländer).
Cuando
los Estados caen en un mal radical, solo complica las sociedades y los grupos
llevándolos a las superfluas. La banalidad del mal no solo es compatible con el
mal radical de hacer a los seres humanos superfluos, la banalidad del mal nos
permite entender cómo las personas logran llegar a su cometido. Arendt nos
muestra que si realmente queremos comprender lo que es nuevo y distintivo acerca
del mal en nuestro tiempo, no podemos confiar en nuestra noción tradicional o
ver de la forma en que normalmente observamos, en la que los malos actos son
cometidos por personas con malas intenciones, a los actos monstruosos son
causados seres de la misma.
Arendt nos abre los ojos para enfrentar la difícil y dolorosa
pregunta acerca del significado del mal en el mundo contemporáneo, la facilidad
con la cual se vuelve a los seres humanos superfluos, la debilidad o tener oídos
sordos ante la así llamada “voz de la conciencia”, las formas sutiles de
complicidad y cooperación que “acompañan” a los actos asesinos.
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